2017: año revolucionario

Aquí estamos una vez más para hacer el balance de un año que ha tenido poco de calmado, aunque bastante de aburrido por reiterativo.

 

Comenzaba con la efeméride de la revolución rusa de hace justo un siglo ¡Que poco queda de ella! Los ideales que decían inspirarla fueron traicionados de forma casi inmediata, instaurando un régimen cuyos resultados desprestigiarían para siempre el pensamiento marxista-izquierdista. No cabe ignorar que durante algunas décadas la “amenaza roja” permitió el asentamiento del capitalismo socialdemócrata en Occidente, dando como resultado el modelo político-social más logrado de la historia, y que tras la caída del “socialismo real” entró en barrena; en parte por precisamente la falta de amenaza al sistema, y en parte por la evolución de éste hacia la globalización asimétrica, dejando a los Estados sin herramientas de actuación, y a los pensadores socialdemócratas sin discurso articulado y adaptado a los nuevos tiempos y modos de producción. Y la Rusia moderna se ha ido quedando con lo peor de cada sistema, sigue siendo un país enorme cuyas materias primas le permiten mantener parte de la antigua maquinaria bélica, pero que no tiene mucho más recorrido que el del declive.

Al otro lado del Atlántico hemos vivido la revolución de Calígula Trump: básicamente estamos viendo fealdad y fuegos artificiales sin mayor efecto aparente; pero las medidas y el modo de desgobernar que se va aprobando son coherentes y de alcance a largo plazo para conseguir acelerar la decadencia de los EE.UU y con ellos (aunque a bastante izquierdista de pose o incluso de viejo carnet se niegue a reconocerlo) la civilización occidental, ésa que entre multitud de errores y horrores creó nuestros conceptos de filosofía, método científico, imperio de la ley y derechos humanos. Que sí, que hay muchas cosas mal y otras tantas que directamente no funcionan, pero: ¿Cuáles son las alternativas reales que tenemos sobre la mesa? La revolución trumpiana debe fracasar en todos los aspectos por nuestro bien y el del planeta, pero no tiene visos de que vaya a ser así. Aún contando con una (a juicio de Platon, poco probable) victoria arrolladora de los demócratas en las elecciones parlamentarias de 2018 e incluso con su procesamiento y destitución por sus conexiones rusas, el daño en los modos de actuar, comunicar y enfocar una campaña ya está hecho.

Y pasamos a la revolución de las sonrisas. La catalana ha demostrado, por si alguien lo dudaba todavía, ser una sociedad enferma. Ciertamente, no es un caso único. Recordemos cómo la Comunidad Valenciana ha sido durante un cuarto de siglo núcleo del eje de la prosperidad (sic), y donde aún hoy el PP continúa siendo el mayor partido político. Por citar un sólo ejemplo, pero que no hay que rascar demasiado para encontrar más.

¿Qué podemos decir? Las casi cuatro décadas de plena dedicación a crear país debían dar fruto tarde o temprano. Unido al justificado pero también interesadamente exagerado sentimiento de culpa que aún conlleva todo lo que sea español les ha dado vía libre a los nacionalistas para inocular los más variopintos disparates, mostrando que hace tiempo ya que se han declarado  independientes… de la realidad. Y ahora que finalmente van saliendo a la luz la existencia de listas negras, polícia política, fondos malversados para la santa causa e incluso amenazas directas a rivales políticos, aún contamos con cierta izquierda también independizada -de la realidad, se entiende- que apoya explícitamente la causa (sorprendido que Cotarelo lo siga haciendo) o de forma supuestamente sibilina (Colau y sus Comunes, y la jefatura del PSC).

Ciertamente, la cuestión catalana es un problema que si tiene solución, no es ni será sencilla. Pero evocando la frase atribuida a Einstein: “Si quieres resultados distintos no hagas siempre lo mismo.”

Tal vez haya llegado el momento de dejar de justificar, empatizar e intentar aplacar a los nacionalistas.

 

En 2018 también nos esperan efemérides: El nacimiento de Marx, las revoluciones de 1848, el armisticio de 1918 y la paz perdida que sembró lo que vendría en 1939, la declaración de los Derechos Humanos de 1948, el mítico Mayo del 68 y la Constitución Española. ¿Lecciones aprendidas? De haber alguna, estamos demasiado ocupados reescribiendo la historia e implantando la Neolengua* para que por fin nos olvidemos de la funesta manía de pensar.

 

*Si; el 1984 de Orwell también hace aniversario, sin perder pizca de vigencia.

 

 

 



0 comments ↓

There are no comments yet...Kick things off by filling out the form below..

Dejar un comentario


¡IMPORTANTE! Responde a la pregunta: ¿Cuál es el valor de 7 12 ?