Ha pasado una semana de la DANA sobre la provincia de Valencia. La extraordinaria avalancha de agua y lodo que ha segado múltiples vidas y destruido numerosas propiedades aún no ha sido limpiada ni de lejos, y ya se ha cubierto de una capa de mentiras, manipulaciones, bulos e indignidad más gruesa y pegajosa que la anterior.
Esta inmundicia tiene por víctimas a los afectados por la riada, y a todos los demás. Se extiende por el tiempo y el espacio:
-Está reescribiendo el pasado: Desde el negar la existencia del cambio climático hasta alterar cualquier detalle de la secuencia de los hechos.
-Manipula el presente: Se inventan cadáveres, que cuando se muestra que no existen, refuerzan la tesis de «es que nos ocultan la verdad (que me acabo de inventar)». Se inventan la cadena de mando de Schrödinger: La responsabilidad y las competencias vienen y van según el color político que toque defender. Si, como es el caso, hay una desmesurada, clara e inequívoca incompetencia de un gobierno de derechas, resulta que «todos son iguales». Al revés esto no pasa. Hagan memoria.
-Diseña el futuro: No sólo en términos de percepciones, sino en las cosas del comer. Aún no se ha escarbado en descubrir las corruptelas y chanchullos a cuenta de la situación extraordinaria del COVID-19, y los pillastres ya están frotándose las manos ante el multimillonario esfuerzo de reconstrucción.
Se ha inundado una zona geológicamente propensa a ello. A pesar de saberse, se ha construido con alegría y desorden.
Los servicios meteorológicos estaban avisando con CINCO días de antelación que se aproximaba una DANA a la zona.
La autoridad competente (Generalidad Valenciana) estaba pendiente de salvar la hostelería. Era fin de semana de puente, y no era cosa de espantar a los turistas. (Esta razón, por el motivo que sea, no ha sido agitada en voz alta. Se ha comentado en internet, pero no ha saltado a otros medios). Si no queremos aceptar la tesis Tiburón (puesto que es literalmente el comportamiento de las autoridades en la célebre película), nos quedamos con la de la negligente incompetencia: El presidente Mazón se dedicó a recibir premios y hacerse fotos durante el fatídico día.
Lejos de admitir cualquier error, se empieza a eludir responsabilidades y «construir relato» en lugar de tomar acciones o declarar la incapacidad (ceder el mando al Gobierno central) perdiendo un tiempo vital jugando al politburó de la URSS.
Con las lecciones de conspiranoia aprendidas de lo ocurrido tras el 11M de 2004 (Aún hay gente que vive de ello) y con la democratización de la creación de contenido, tenemos un ejército de caraduras en prensa, radio, TV e internet cavando en búsqueda de un nuevo fondo de la indignidad. Y en esas estamos.
De lo local a lo global
Cambiamos de tercio, que no de tema. Ya es oficial la victoria de Trump en las presidenciales de EEUU. Nueva victoria del lodazal como medio de vida. Desde lo alto de la torre de cantos rodados del que escribe, es inconcebible que pueda ganar un criminal senil, pero es lo que hay.
Vamos a tener mucho, mucho, muchísimo lodo. En todas partes.
(Nota: El artículo estaba redactado pero no publicado cuando Biden anunció su renuncia a la reelección. En parte se va a conservar la redacción original, aunque con las pertinentes actualizaciones)
Si han seguido mínimamente la actualidad, deberían tener ya una cierta idea de la valía y las expectativas que generan los candidatos a las presidenciales de los EE.UU.
Por si fuera poco, son los mismos que en 2020.
E inesperadamente, porque no es habitual que el perdedor (sí, PERDEDOR) de unas presidenciales repita a la siguiente convocatoria. Y por otro lado, las quinielas auguraban que dada la avanzada edad del actual presidente, éste optaría por no presentarse a la reelección. Y probablemente no lo habría hecho si el Partido Republicano no hubiera elegido ponerse a los pies del mismo criminal chiflado al que ya ganó.
Vayamos a por un poco de análisis y argumentación para justificar los juicios de valor:
Trump: Expresidente, criminal (declarado culpable de violación y posterior difamación a la víctima, además de otros 34 -treinta y cuatro- delitos de cuello blanco relacionados con el uso fraudulento de fondos para su campaña de 2016) y presunto (aún) golpista entre otras cosas, millonario aunque mucho menos de lo que quiere hacer creer (y de fortuna heredada, por supuesto), niño consentido con cuerpo de anciano, y habitante de una realidad alternativa.
Vaya una carta de presentación ¿Verdad? Pues un partido político centenario le ha elegido de entre una serie de botarates candidatos que no se han atrevido a criticarle. La prensa libre le acoge con entusiasmo, y la teóricamente seria le trata con sospechosa deferencia y respeto, en aras de una pretendida neutralidad partidista.
Biden: Presidente actual. Es un señor muy mayor.
(Finalmente, esto ha sido su cruz. En el prematuro debate contra Trump, esta imagen ha quedado en clara evidencia. Tras éste, el aluvión de críticas y de fuego amigo tanto dentro del partido como en la prensa teóricamente progre se ha encargado de hacer reconsiderar su atrevida intención de querer renovar mandato)
Es la mayor crítica que se le puede hacer. No quiere decir que ni él ni su mandato sean perfectos, claro. Pero su presidencia ha sido muy exitosa, especialmente dadas las circunstancias y el juego de mayorías: Ha aprobado legislación que ha ayudado a la rápida recuperación económica post-Covid, con unos datos de desempleo no vistos desde los años 60, con los salarios reales subiendo, la desigualdad bajando, y con importantes inversiones con efecto a largo plazo que mejorarán las a menudo vetustas y maltrechas infraestructuras; y sobre todo (porque afecta a toda la humanidad) a favor de la producción de energías verdes. También ha conseguido sacar adelante iniciativas positivas para el ciudadano corriente, reduciendo los costes sanitarios y de educación. Incluso ha sacado adelante una ley para el control de armas, un auténtico tabú en ese país.
A pesar de lo que algunos irredentos* proclaman, no ha provocado ninguna guerra. Lamentablemente, las existentes en Ucrania y en Palestina no tienen fácil solución, sea quien sea el inquilino de la Casa Blanca. ¿Otro lo gestionaría mejor? Puede ser, pero no se oyen propuestas (en la oposición apoyarían a los invasores, pero llamar a eso solución…).
Con esta salvaguarda, que Biden parece tan mayor como es, no es un descubrimiento. Pero ha formado un gobierno que ha conseguido aprobar medidas muy complejas, con políticas ordenadas y coherentes; da entrevistas (pocas) y discursos largos sobre temas complejos de forma consistente (aunque le baile alguna palabra, característica que ya tenía de mucho más joven) no parecen señales de estar gagá.
Al otro lado, Trump grita más y mueve (algo) más los brazos, pero en sus discursos, siempre en una realidad paralela que ya no sabemos si se la cree o no, empiezan a abundar las incoherencias y contradicciones. Pero, como siempre, cuenta con bula mediática.
La cuestión es que, finalmente, Biden se ha bajado de la burra y de la carrera presidencial, lo que nos lleva a hablar de:
Harris: Actual vicepresidenta. Cargo que permite escaso lucimiento. Sobre su perfil y orígenes ya se habló en la entrada de la campaña de 2020.
Con 60 años irradia juventud y energía (suena a sarcasmo, pero es el estado de las cosas. En España se diría casi sin dudar que su oportunidad ya pasó), al punto que puede permitirse una campaña con sonrisas, alegría y mirada hacia el futuro. Y puede que suene a frivolidad, pero son ingredientes para una campaña ganadora en los EEUU.
A su favor cuenta también con el factor oportunismo: El principal temor de muchos analistas, y del que escribe, es que una hipotética retirada de Biden dejase a su partido sin tiempo para lanzar una candidatura viable.
Pero los astros, la suerte, o una secreta genialidad del equipo Biden ha permitido un curso de los acontecimientos sorprendentemente favorable:
-Al aceptar el debate adelantado (cuando aún ninguno era candidato oficial, recordemos) se puso sobre la mesa (y las pantallas) que Biden no estaba en condiciones de hacer una campaña electoral. Este debate en septiembre u octubre hubiera sido letal.
-Al resistirse durante unas semanas, es cierto que ha dado un espectáculo poco edificante, pero mientras tanto ha tenido lugar el atentado contra Trump y la Convención Republicana, que son las que han llenado los llamados ciclos de noticias. Y ha permitido al partido Demócrata ver el abismo.
-De modo, que, una vez anunciada su retirada y su apoyo a Harris, en lugar el esperable aluvión de candidatos oportunistas y la consiguiente danza de puñaladas traperas, el partido respondió con una unidad ejemplar haciendo suya la candidatura de Harris. No es un ejemplo de comportamiento democrático, pero sí de pragmatismo y responsabilidad. Esta sorprendente reacción fue todo un acierto, tal vez (o no) animado por el reciente ejemplo francés, donde en 48 horas se acordó la creación del Nuevo Frente Popular, con una constelación de partidos acostumbrados a sacudirse entre ellos, y que no presentaban una candidatura de unidad semejante desde 1981. Y el esfuerzo de contener estos instintos naturales fue recompensado con la victoria (raquítica, es cierto) en las elecciones legislativas anticipadas. Comparen de nuevo con los usos y costumbres en España.
-Así pues, después de un ciclo de noticias con Trump clamando venganza y su nuevo escudero Vance a la caza de enemigos nuevos (¡mujeres con gatos!), nos hemos encontrado con otro ciclo de exhibición de unidad del partido Demócrata, con una candidata sonriente que le ha echado a Trump un montón de años encima, que habla de libertad (otro ingrediente ganador) y alegría; y que, para colmo, ha elegido como compañero a Tim Walz: un campechano profesor de pueblo, veterano del ejército y entrenador de fútbol americano. Buena suerte para pintarlo como un peligroso antipatriota.
Esta cascada de acontecimientos inesperados ha supuesto que esta campaña sea atípica. Mucho. De modo que muchos lugares comunes acerca de las campañas EEUU son menos útiles que nunca. De momento, y hasta la Convención Demócrata, la ola irá a favor de éstos. Y ya se empieza a reflejar en las encuestas.
Pero quedan muchos días, algún debate, muchas meteduras de pata y alguna filtración interesada por ver antes de las elecciones. Y si sumamos lo peculiar del arcaico sistema electoral norteamericano, anticipar un resultado es aventurado.
Conclusión final
Si en 2020 la opinión estaba bastante clara, en 2024, y viendo cómo han gestionado cada uno la victoria y la derrota, no hay duda alguna sobre qué candidato es el que hay que votar, y el que hay que evitar.
*Esto va por la rama berdadera hizquierda anti OTAN que sostiene que los EEUU son lo que han obligado a Rusia a invadir a Ucrania, y que lo que hay que hacer es darle facilidades al invasor. Y que al mismo tiempo consideran que habría que bloquear (¿invadir?) Israel por hacer lo mismo.
«Para repudiar una ideología, no hay nada como escuchar a sus defensores»
Discupen si por omisión la cita resulta no ser original, pero está escrita desde el convencimiento de serlo.
En este blog ya se ha expuesto en otras ocasiones esta tésis, avalada por sucesivas experiencias.
¿Desea maldecir el feminismo para siempre? Unos minutos de Irene Montero, Carmen Calvo, Barbijaputa, Sara Vivas o una «técnico de igualdad» elegida al azar y tendrán suficiente. Nótese el «o», que con un ejemplar de una pata negra (o morada) es más que de sobra.
Y a la mayoría le paga el sueldo usted.
¿Y qué decir del liberalismo? También hay superpoblación de gaznápiros, la mayoría también a sueldo; y también de forma más o menos directa financiados por usted (si, si, usted). Gaznápiros decía, dedicados a loar las bondades del mercado. Sin importar cuán oligopólico, asimétrico e imperfecto que sea. Y la maldad del Estado, especialmente cuando no son los suyos quienes lo manejan. Aquí entran los Rallo, Lacalle, y otros muchos papanatas para los que una biblioteca es una muestra de criminal comunismo liberticida.
Con las religiones, tres cuartos de lo mismo. O el fútbol.
Luego, tenemos a otro nivel más bajo en cuanto a recursos y peso mediático, el veganismo. Que no es una práctica o estilo de vida, sino una buena nueva que hay que difundir al primero que se acerque.
Y seguro que a usted se le ocurren más ejemplos. No es una ocurrencia; es un patrón de conducta.
En la primera parte, hace ya bastante tiempo, hicimos un comentario acerca del nivel político de los distintos líderes con los que contábamos. Bueno; han pasado unos años (dos y medio), y podemos hacer ya una evaluación de lo que ha sido esta torturada y tortuosa legislatura.
Ciertamente, esto sirve para reforzar la tesis inicial en tanto que el valor político de Pedro Sánchez se ha mantenido; no sólo por falta de méritos de los demás (de los que después hablaremos), como por las circunstancias y el balance que podemos sacar de la legislatura. Desde luego, hay que tener en cuenta que han habido muchos factores extraordinarios: la pandemia, el volcán, la guerra de Ucrania… que desde luego alejan el balance de gestión de lo que podemos comparar con la mayoría de legislaturas anteriores.
Entonces, teniendo todo esto en cuenta, desde luego se puede calificar de positivo el respeto conseguido en las instituciones europeas no sólo en cuanto a discursos, sino en forma de dinero y de propuestas normativas: esto no es publicidad, son hechos contrastados y contrastables que, de hecho, ponen bastante furiosa a la habitual prensa conservadora.
En otros continentes es verdad que el prestigio no es tan deslumbrante como el conseguido en Europa, pero por otra parte no podemos olvidar que este país sigue siendo una potencia de nivel muy moderado a nivel económico y militar.
El balance económico
Si los colores del gobierno fueran otros, se estaría hablando mañana, tarde, y noche del espectacular, increíble y fantabuloso milagro español. Porque, recordemos, el nivel de paro ya es inferior al de antes de la pandemia, el empleo total supera el pico de 2008, el crecimiento se mantiene, la deuda ha bajado en 10 puntos respecto a su pico, las cuentas públicas en general siguen controladas, el sector exterior tira a favor y no en contra, la inversión se comporta positivamente, la inflación es inferior a la de los socios de moneda; y desde luego, el mercado laboral también ha ganado en estabilidad.
Es decir, es un balance francamente difícil de haber previsto en el verano-otoño de 2020. También es indiscutible por otra parte, que es parejo al balance que pueden ofrecer la mayoría de socios europeos en cuanto a la rápida recuperación de los golpes de la pandemia en general.
Balance político
Su gobierno se ha consolidado gracias al papel de unas cuantas señoras que, éstas sí, que se puede decir que no están por cuota. Estamos hablando de Nadia Calviño y su habilidad por moverse en las instituciones europeas y mundiales; la señora Teresa Rivera en el cargo de ecología y energía donde es una referencia a nivel internacional. Estas cosas por supuesto aquí no se ven. Luego tenemos a la ministra María Jesús Montero a cargo de Hacienda, que si bien por formación no debería estar ahí, sí que demuestra una solvente capacidad de dialéctica y de combate parlamentario merecedora de reconocimiento. Ante la prensa no se maneja igual.
La legislatura ha sido sorprendentemente productiva en lo que aprobación de normas se refiere, tanto por los incontables decretos-leyes, como leyes ordinarias, e incluso alguna Orgánica. Y tres presupuestos consecutivos por primera vez en bastantes años. Muy meritorio con la composición de este parlamento calificado de «equilibrio perfecto para no conseguir nada» en el artículo anterior.
La eficacia o eficiencia del Estado podemos decir que se ha mantenido. Es decir, no ha habido grandes mejoras (necesarias, por otra parte) tampoco nada espectacularmente vergonzante. Volviendo al tema de los fondos europeos se está demostrando diligencia en su tramitación, no ha habido fraudes de momento, y se están consiguiendo bastantes objetivos relacionados con los méritos que hay que hacer para precisamente conseguir esos fondos. La ejecución sí que se está retrasando.
El balance más triste o más controvertido vendría de la mano de las leyes de tipo más doméstico y las que se pueden calificar más de tipo ideológico o incluso estético. Creo que ya sabemos de cuáles estamos hablando: las relativas a la igualdad, equidad, diversidad… también la educativa, que no se sabe muy bien hacia hacia dónde va, si se supone realmente alguna mejora efectiva o es otra capa de barniz sobre un cuadro ya mal hecho durante décadas.
Ya dentro de este balance global que vamos a hacer un análisis más estrictamente desde el punto de vista de confrontación o competición política. Estos dos-tres años han sido suficientes para que se quemen bastantes líderes de los que teníamos en el cuadro anterior; y conviene renovar el análisis. Empezamos por
Alberto Núñez Feijóo
El recambio de Pablo Casado ha resultado ser el justo el punto medio entre Mariano Rajoy y el propio Casado: copia las estupideces hiperbólicas del segundo con el estilo torpe y cobarde del primero. Realmente ha sido la confirmación de que el poder regional se sostiene sobre unas patas bastante distintas al poder nacional: el viaje a Madrid no le ha sentado nada bien; y supongo que en buena parte porque ha permitido que todos veamos cómo es realmente, y no como aparentaba ser. Una decepción intelectual: no destaca en nada, no tiene un discurso coherente; y, por supuesto, tampoco tiene un proyecto que sea mínimamente atractivo o deseable. La única consistencia, y no para bien, es la obsesión con bajar impuestos a los que más tienen, y privatizar todo lo posible para hacer negocios con los amiguetes. Y pare usted de contar. Una pena.
Santiago Abascal
Ha sido el único que se mantiene, junto con Pedro Sánchez, del retrato anterior. Es su único mérito. El tiempo ha jugado y juega en su contra: se le conoce mejor a él y a su partido; y su burbuja ya ha comenzado ha desinflarse. La prensa libre ya da por hecho que la única manera de acabar con la imaginaria amenaza comunista (es que se lo creen, oigan) es la concentración del voto en el partido útil para repartir fondos.
Pablo Iglesias
Se cortó la cabeza y la coleta de una manera voluntaria, porque gobernar es una tarea aburrida y que exige disciplina. Es mucho mejor pontificar desde una torre de marfil decorada con graffiti antisistema. Oficialmente, de mayor quiere ser Julio Anguita (el -desde el punto de vista de platon- injustamente venerado Oráculo de las Esencias) pero lo que está demostrando que realmente quiere ser es Aznar. Dejando aparte la lectura psicológica que pueda acarrear esta afirmación, los hechos son que pretende ser no un referente intelectual y moral a nivel teórico, sino práctico. Y seguir siendo el líder incontestable de un partido diseñado a su imagen y semejanza. Pero desde la comodidad de no ser el líder oficial. Y a la vez, procurarse un cómodo sustento en el campo de los medios de comunicación. ¡Es que hasta también designó para sucederle a una persona procedente de Galicia! Alguien a quien ahora él mismo también se arrepiente y quiere cortarle la cabeza: se trata de
Yolanda Díaz
Sí que supone un perfil mucho más interesante que otros. Ha demostrado pragmatismo, y cierta eficacia en su cargo ministra de Trabajo. Ha alcanzado numerosos acuerdos, tiene una larga hoja de servicio, y unos resultados que mostrar.
Y además, aunque a menudo tire de retórica identitaria wokista, su persona es mucho más atractiva y menos polarizante que las de
Irene Montero e Ione Belarra
Jajajajjajajjajajajjajaajajaja
-¡Un poco de contención, que este es un artículo serio!
A su favor, hay que reconocer que ambas han recibido un trato mediático despiadado, y han tenido que lidiar con bulos y difamaciones casi a diario. Cosa que también es risible, porque para dañar la imagen de ambas basta con acercarles una alcachofa. Adanistas y pueriles hasta decir basta, firmes defensoras de causas (a veces justas, a veces cuestionables) de la peor forma posible.
Patricia Guasp
¿Quién es esa señora?¿Le importa a alguien saberlo?
Divagaciones finales
Este artículo se elabora deliberada y apresuradamente antes de que lleguen las elecciones municipales y regionales, para evitar posibles a posteriori.
Este gobierno ha salido mucho mejor parado de lo que las circunstancias hacían prever. Su composición y la del parlamento hacían el camino fácil a los agoreros (incluyendo el que aquí escribe). No suficiente con ello, una serie de golpes externos imprevisibles se han sumado a estas dificultades propias.
Teniendo todo esto en cuenta, sería razonable y justo un reconocimiento en imagen y votos muy superior al que las encuestas y «el ambiente de la calle» transmiten. Si añadimos la recomposición del centro-derecha que pasa de tres partidos a dos, la eficiencia de cada voto será mayor que en los anteriores comicios. Y si además tenemos en cuenta, que, teniendo varias bazas a favor, en Podemos han elegido (bueno, El Líder ha elegido) quemarlas todas para precisamente presentar múltiples candidaturas para diluir el valor de los votos de la izquierdamásalládelPSOE, las expectativas electorales son magras. Es previsible que varias plazas importantes viren hacia gobiernos PP-Vox, y se instale una moral de victoria conservadora difícil de contrarrestar. Quizá para las generales sí consigan presentar una candidatura unificada en torno a Díaz y Sumar. Poco verosímil a día de hoy, y tal vez demasiado tarde, si llega a producirse.
De este Gobierno y esta legislatura han venido sonrojos y momentos de verdadera decepción, alienación y enfado. Pero ante la perspectiva de un retorno de la gente que sabe gestionar, no puede uno evitar los sudores fríos, y el palparse la cartera.
Siempre es difícil de enmarcar las etapas y procesos de decadencia y caída de los imperios. En el caso del británico, su pico (y, por tanto, el comienzo de la decadencia) tuvo lugar en la era victoriana.
Aproximadamente hacia 1870 alcanzaron su máxima extensión territorial y el mayor peso sobre la economía mundial (la fábrica del mundo, según sus propias palabras). A partir de ahí, comenzó un declive relativo respecto a las emergentes economías de los EE.UU. y Alemania, en parte por sus propias dinámicas, en parte porque se adaptaron más y mejor a las tecnologías de la segunda revolución industrial.
Hagamos un inciso sobre esta era: el incontestable poder económico (y en todos los órdenes) al que hacemos referencia ocurrió en la época de los crueles retratos sociales de las ciudades llenas de hollín de Dickens, en la que los ingleses corrientes eran explotados sin piedad; los irlandeses y escoceses considerados como poco más que ganado; y mejor no hablemos de los indígenas de ultramar… Vamos, que no había una prosperidad muy generalizada que digamos.
Lo que sí había era una élite encantada de conocerse. Una élite que estableció una moralidad restrictiva, hipócrita, y exacerbadamente clasista (Creo que algunos al sur de los Pirineos podrían identificarse con este retrato, ¿verdad?) que aún hoy se venera.
El esfuerzo de la participación en la I Guerra Mundial puso de relieve la diferencia entre la fuerza percibida y la realmente existente. En el periodo de entreguerras se cometió el primer gran error no forzado en política económica con la fijación de un tipo de cambio respecto al oro que hizo que los felices años 20 pasaran de largo en las islas (nota curiosa: el ministro de economía era un tal Churchill). Pero en los terribles años 30, y con gran diferencia respecto a otros lugares, el parlamentarismo con acuerdos pragmáticos se impuso; y ayudó a digerir el panorama adverso.
La II Guerra Mundial fue el último gran esfuerzo (y victoria) militar. Aunque sin los medios de los EE.UU. ni las tropas de la URSS ésta no habría tenido lugar. Es decir, no deberían estar tan orgullosos como están. Resistieron, pero no vencieron a los nazis.
A partir de ahí comienza el desmantelamiento del imperio colonial, que junto con el sorprendente y exitoso (en ejecución, no tanto electoralmente) giro del gobierno de Attlee, con un programa de nacionalizaciones y la creación de un estado del bienestar avanzado, se comienza a sembrar el malestar entre las élites. En la llamada crisis de Suez de 1956 queda patente que, aunque se mantenga cierto poderío militar, políticamente no pueden actuar sin el visto bueno de los EE.UU. Entretanto, se comete otro error no forzado al renunciar a ser un país fundador de las comunidades europeas, despreciando al continente y sobrevalorando los beneficios del mercado de las excolonias de la Commonwealth (Numerosas industrias pagarían muy cara la entrada tardía a un mercado ya integrado, que tuvo lugar en 1973. Para entonces, carecían de las economías de escala para modernizarse y competir adecuadamente). El declive relativo continúa, aunque acompañado por un aumento generalizado del nivel de vida… hasta 1979.
Ese año tuvo lugar la victoria de la Sra. Thatcher, liderando una revolución conservadora que perdura hasta hoy. En su momento, ya desmontamos el doble mito de que antes de Su llegada la economía fuera un caos total, y gracias a Ella se iniciara una gloriosa recuperación. Pero esto no impide reconocer que se trate de una de las políticas más exitosas de su tiempo (y de otros) Porque sí se llevó a cabo una profunda reestructuración del país, del Estado, del discurso y de los modos de hacer política.
Para peor.
Por un lado, reafirmar el clasismo (que nunca desapareció) ahondando en la desigualdad entre ricos y pobres, simultáneamente mejorando las condiciones de los primeros por medio de rebajas fiscales, y empeorando las de los segundos mediante la reducción de su poder negociador en el mundo laboral, el empeoramiento y privatización de los servicios públicos; además de la reestructuración de la economía, desatendiendo una industria geográficamente dispersa, y concentrando la actividad en torno al sector de servicios y finanzas de la City de Londres.
A menudo se habla de la desigualdad interpersonal, pero no tanto de la regional. Y también la es de gran magnitud. Londres triplica la renta del resto de regiones.
(Introducimos anécdota: personalmente, nunca he visitado el Reino Unido. Un conocido que estuvo un tiempo viviendo allí –es decir: vida real, sin hacer turismo- comentaba que “fuera de Londres, aquello es el tercer mundo”. Y, exagerada o no esta afirmación, sí es indiscutible, con las cifras de Eurostat en la mano y un poco de brocha gorda, que las regiones que no son Londres tienen unos niveles de renta que se codean con los de las dos Castillas).
Esto da como fruto una economía más frágil y un empeoramiento tanto de las condiciones materiales, (y lo que es extremadamente importante para la educación y el equilibrio mental) como de las expectativas de la mayoría, a cambio de que algunos se sientan bien exhibiendo lujos de dudoso gusto y la prensa repita lo bien que va todo, y que no hay alternativa posible (pensamiento TINA: There Is No Alternative).
El Thatcherismo fue celebrado con entusiasmo por las élites abolengas que describíamos antes, y también por algunos nuevos arribistas/oportunistas del dinero rápido de los años 80. A pesar de que, en realidad, la Sra Thatcher no era uno de los suyos, fue la gobernante que más hizo por ellos (quizá precisamente por eso). Y no olvidemos la absoluta entrega de la prensa a la causa.
La importancia de esta era es incalculable: por un lado, cambió el llamado marco mental del discurso político y buena parte del sentir de la sociedad para siempre (es decir, hasta nuestros días).
Por un lado, el Estado pasa a ser un problema. Hay que reducirlo al mínimo posible. Los impuestos (especialmente a los que más tienen) son un robo. Hay que eliminarlos. Los servicios públicos son por definición un lastre económico y social: una fuente de ineficiencias, de pérdidas, y sobre todo de pérdida de virtud moral y de fomento de la irresponsabilidad individual.
Por otro lado, el orden social: Como el mercado es eficiente e infalible, cada uno tiene lo que merece. ¿Es usted pobre? ¡No sea pobre!
Estos postulados no sólo tienen importancia desde un punto de vista moral, sino práctico: Nos presenta a una clase dirigente que dimite de sus funciones. Haciendo de la irresponsabilidad su bandera, carece de importancia saber gestionar, entender el mundo que te rodea o tener la más mínima competencia en algo que no sea coger el botín y vivir de acuerdo a las pulsiones de cada uno.
Todo esto no se dice así de claro, ni se revela de la noche a la mañana, pero tiene consecuencias.
De este modo, los cuadros del partido conservador de los años 80 eran malvados, pero razonablemente capaces y competentes. Los sucesivos reemplazos lo serán cada vez menos. Pero no adelantemos acontecimientos.
Durante los años 80, 90 y 2000, el Reino Unido mantiene su status de gran potencia: sigue siendo la segunda economía europea; tiene capacidad nuclear y armamento con tecnología y desarrollo propios (al menos en parte); de sus universidades sigue saliendo ciencia de primer nivel; su cuerpo diplomático es extenso y experimentado; y aprovecha como pocos la globalización para extender su influencia cultural, bajo el paraguas de los EE.UU.
Y en esto que llegó la crisis de 2008.
Tienen la suerte de contar con Gordon Brown en el momento oportuno. Los gobiernos Blair-Brown son tildados como “thacherismo con rostro humano” con cierta justicia, pero tal y como habíamos dicho, era la realidad que había en el momento. De todos modos, repetimos, Brown no sólo era competente, sino que ideológicamente no tenía las restricciones neoliberal-neoconservadoras que le hubieran impedido actuar, y sólo limitarse a ver cómo se derrumba el sistema financiero mundial. Porque el suyo fue el primer gobierno en actuar con un plan definido y coherente que, a pesar de los pesares, funcionó. Los bancos siguieron funcionando, los depositantes conservaron su dinero, y el caos total no llegó.
(De nuevo, se pueden hacer juicios morales sobre si salvar el sistema es moralmente aceptable o correcto. Sí, es debatible. Pero aquí se está juzgando que la Gran Recesión no fuera una reedición de la Gran Depresión, o algo aún más grande; lo cual es una mejora en términos absolutos. Por otro lado, a muchos de los que claman por tirar todo abajo, suelen dar la callada por respuesta a la inesperada pregunta “¿Y luego, que?”)
La década mágica
Esta larga (larguísima) introducción era para conceder una perspectiva histórica a los hechos más recientes. Las decadencias son procesos largos (en España llevamos 400 años, y contando) y en cierto modo, históricamente naturales. Pero hay formas de gestionarlo y digerirlo, o de acelerarlo.
Ya hemos señalado un par de errores no forzados de calado. Pero iban a quedar eclipsados con lo que íbamos a presenciar a partir de 2010. Veamos.
Decíamos que Brown evitó el colapso total, pero no una fuerte crisis consecuencia de las burbujas financiera e inmobiliaria gestadas por décadas. Añadamos el desgaste político (especialmente el apoyo a la guerra de Irak) el de imagen (años de prensa a la contra) y que el propio Brown no es Mr. Simpatía. La suma no da precisamente la receta para el éxito electoral.
Con estos mimbres llegaron las elecciones de 2010. Y las ganó una de las figuras que se ganan un lugar destacado en la Historia, por su infamia: ante todos ustedes, David Cameron, el Fernando VII inglés.
La suerte que RU encontró con Brown fue enmendada por las urnas. Cameron ganó en 2010 bajo las circunstancias mentadas, pero ni aun así fue capaz de conseguir mayoría parlamentaria. Tuvo que pactar una coalición con los liberal-demócratas, que hicieron un Ciudadanos antes que Ciudadanos.
Este primer gobierno erró en lo económico, llevando a cabo una política dogmática de mal llamada austeridad, muy en línea con la receta que aplicaba la UE, especialmente con los países del Sur, con la importante diferencia de que era innecesaria al no pertenecer al euro (volveremos sobre esto más adelante). Crecimiento e inversión fueron deprimidos voluntariamente.
También erró en lo político, con el referéndum sobre la independencia de Escocia. Una teórica operación de imagen que abrió la caja de unos truenos que aún no han callado. El empleo a fondo en la campaña del escocés Gordon Brown, y el argumento de que abandonar la unión británica implicaba abandonar la Unión Europea fueron decisivos para que ganase el no.
En 2015 fue recompensado con 600.000 votos más y una casi mayoría absoluta. Al fin y al cabo, la economía se estaba recuperando mejor que la europea, el reino seguía unido y la prensa decía que todo iba bien porque gobernaba el partido natural.
Así, teníamos a los mandos a un cuadro de dirigentes educados en las endogámicas y elitistas (en el peor sentido del término) escuelas británicas, que sólo habían conocido el mundo post Thatcher, alabados por una prensa adepta y embriagados de respaldo popular. ¿Qué podía salir mal?
Global Britain
Y llegó la idea más brillante que se le pudo ocurrir: «¿Qué tal si nos libramos del sector más demagogo de nuestro partido haciendo un referéndum sobre la Unión Europea? Al fin y al cabo, sólo llevamos cuatro décadas culpándola de todo lo que no funciona, un voto de castigo al gobierno resulta más efectivo en un referéndum que bajo el sistema electoral británico, y contamos con una prensa a adicta al supremacismo y la manipulación, y la oposición de centro izquierda (liderada por Jeremy Corbyn) menos europeísta del continente». Un plan sin fisuras.
Ganó el sí.
Ganó la quimera de la Global Britain: un país por fin libre de las ataduras europeas que iba a convertirse en un enorme paraíso fiscal donde las inversiones y el talento se darían de codazos para instalarse en él; a la vez que los inmigrantes pobres harían el petate, y donde siempre habría helado de postre (perdón; esto último era sólo en Cataluña).
Ganó el sentimiento (orgullo nacionalista) sobre la razón. La propaganda basada en burdas mentiras y prejuicios. La revuelta de una clase dirigente (políticos, periodistas… el mundo de los negocios claramente estaba en contra) embadurnada del rechazo a la responsabilidad y con extrañas ensoñaciones de seguir viviendo en la era victoriana, pero con internet. Y también una revuelta popular contra la élite de los grandes negocios y de los títulos universitarios con la que guardan un profundo resentimiento fruto del aumento de la desigualdad y de la baja calidad de la información.
Turbo Boost
El referéndum del Brexit devino en una aceleración de los acontecimientos: en seis años se suceden dos elecciones anticipadas, cinco primeros ministros, siete ministros de economía (la cuenta sigue abierta)… y esto con cómodas mayorías parlamentarias de los tories. Imaginen con un parlamento como el italiano o el español.
Y es que la realidad resulta más compleja que los sueños ideológicos. Así es como hemos llegado al motivo último de este artículo: el ambicioso plan de Truss-Kwarteng llamado «mini-presupuesto».
Esta pareja de gañanes sin duda era coherente con su credo: si bajar impuestos permite aumentar la recaudación y tenemos un importante déficit, hagamos un plan masivo de rebaja de los impuestos principales y supresión de otros menores, junto con un programa de gasto en ayudas para cubrir los gastos energéticos. Y aunque en la propia previsión del plan aumentaría el endeudamiento, a largo plazo ya sepagaría sólo.
Para darle rigor y seriedad al asunto, el plan se presentó sin conocimiento de la independiente Oficina de Responsabilidad Presupuestaria y tras conocerse que se estaban preparando movimientos para atacar la independencia del Banco de Inglaterra. Otro plan sin fisuras.
El plan fue alabado por demagogos y sinvergüenzas como Farage (partido del Brexit), Fox News, y la prensa española en general; pero el mundo del dinero, los sagrados mercados, votó con los pies. La libra se desplomó, y la prima de riesgo alcanzó los niveles de Grecia.
¿Cómo, o porqué, la orgullosa gran potencia, capital financiera de Europa, estaba siendo tratada como un país en vías de desarrollo?
Como decíamos, el plan se sustentaba únicamente en ideología: no había ni siquiera un modelo de estadísticas torturadas para que los números cuadren. ¡Estaban haciendo lo correcto!¡Los ricos se merecen la libertad! Y por otro lado, como decíamos, la autoridad del Banco de Inglaterra para contrarrestar desmanes en política fiscal se estaba cuestionando, justo en medio de una crisis inflacionista.
Un poco de teoría económica
Los manuales nos indican que cuando se hacen unos presupuestos expansivos, suben los tipos de interés y la moneda: la consecuencia de la mayor demanda en la economía presiona sobre la de dinero, y los intereses suben. Asimismo, el banco central, para contener esta expansión de demanda, también sube los tipos de interés. Al ser una divisa (y una deuda) que remunera mejor y se mantiene su cantidad constante, el precio de ésta sube.
Luego tenemos el caso de la UE y de muchos países del tercer mundo: los países tienen política fiscal propia, pero no monetaria; sea porque utilizan moneda extranjera, porque han ligado su moneda a otra (Argentina en los años 90) o porque emiten la deuda en divisa extranjera.
En estos casos, la estabilidad que se gana al utilizar una divisa “fuerte” implica también una cesión de soberanía en política monetaria, pero de forma indirecta también en la fiscal.
Un país con moneda propia y deuda emitida en su moneda, nunca puede quebrar en la práctica, en el sentido de quedarse sin dinero para pagar. Es contraproducente (se puede acabar en hiperinflación) pero se puede imprimir dinero “de la nada”.
Si las deudas están en otra moneda (digamos euros) cuya emisión no se controla, el estado sí puede quedarse sin euros. Este es el riesgo que casi se convierte en realidad en la eurozona en 2012, cuando tras el colapso de la banca privada y la errónea racanería del BCE, primero Grecia, luego Portugal y más tarde España, tuvieron que pedir los rescates del FMI-UE (sí, ese rescate del que le hablo, el que según el PP entonces en el gobierno, nunca se produjo).
Recapitulemos: El estado griego, ya muy perjudicado por la crisis de 2008, reconoció tras un cambio de gobierno, que las cuentas (malas) habían sido sustancialmente falseadas. Existía un riesgo muy real de impago. Como consecuencia, “los mercados” (los famosos tiburones con sombrero de copa, pero también los gestores de fondos de su compañía de seguros, o de ese plan de pensiones que le están metiendo por los ojos) no sólo huyeron despavoridos de los bonos griegos, sino que se dieron cuenta de las asimetrías y errores de diseño de la eurozona. Porque si resulta que los países europeos son, a efectos de deuda pública, países del tercer mundo ¿Qué impide que los demás tampoco quiebren? A vender. No importan otras variables fundamentales.
Hasta que no pronunció Mario Draghi su famoso discurso de haremos (el BCE) todo lo que sea necesario, no se sofocó la crisis. Suerte de tener en aquel momento y lugar un italiano inteligente. De tener a un dogmático holandés o español, hoy estaríamos pidiendo maravedíes por las calles.
Volviendo a las islas: Cuando se presentó el mini presupuesto, los bonos cayeron en picado (subió el tipo de interés) y la moneda también, al mismo tiempo. El mercado trataba al RU como Grecia o Argentina.
Es la credibilidad, estúpido
Y nos encontramos con el tótem de la credibilidad. Es como la imagen de marca: un intangible muy valioso que suele costar mucho conseguir, y que se destruye con facilidad. Tengan en cuenta que el que sea valioso no implica que esté siempre (o siquiera alguna vez) justificado.
Y de este modo, los mercados a menudo castigan o premian gobiernos tachándolos de serios o irresponsables a partir de clichés o editoriales redactadas por gurús a sueldo.
La cuestión es que tenemos un país con un buen historial en cuanto a impagos, una economía perjudicada por la coyuntura general (crisis Covid y la posterior guerra en Ucrania) pero no mucho más que otras, y con un cuadro macro, que, sin ser brillante, tampoco es catastrófico. Y con un gobierno conservador “serio y austero” como mandan los cánones.
¿Por qué entonces el pánico?
La última pata del argumento es la que se ha quebrado. Y la carcoma se llama Brexit. El supuesto rigor en asuntos económicos que se auto atribuyen los tories ha quedado aplastado por el Brexit. Un proyecto únicamente suyo, y ejecutado íntegramente por ellos. Una mala idea mal ejecutada, como se ha podido apreciar ya con ciertas crisis de suministros, y con muchos negocios que no pueden tratar de forma fácil y barata con su principal mercado (para comprar o vender). Y la lista crecerá.
Los partidarios del Brexit no sólo hicieron una campaña basada en prejuicios y patrañas, sino que se instalaron en una realidad para lelos (sic), y siguen allí. Y el complemento perfecto al mundo de fantasía es el delirio de que los recortes de impuestos se pagan solos. El mensaje que se estaba enviando era que efectivamente se estaban creyendo su fantasía. Y claro, con las cosas del comer no se juega.
Con Hunt, el cuarto ministro de finanzas en cuatro meses, y Sunak, el tercer primer ministro en un año, toca recomponer la imagen de seriedad a través de programas de recortes (nuevamente, medidas con gran sesgo ideológico). Es aventurado saber cómo va a continuar esta ópera bufa. La realidad incontestable es que la gente humilde va a pagar la factura de la ridícula ensoñación de unos cuantos mentirosos acomodados.
Una vez pasada la polvareda del mediáticamente agotador funeral de Isabel II, pasemos a hablar de uno de sus servidores durante más largo tiempo, nada menos que 60 años.
Se trata del agente de ficción James Bond.
Según Wikipedia, el estreno de James Bond contra el Dr No tuvo lugar el 5 de octubre de 1962 (sí, aquí nos vamos a referir en todo momento al Bond del cine. El literario nació en 1953 -con lo que también nació bajo el reinado de Isabel II-). Si bien en aquel momento los productores ya deseaban realizar no una única cinta, sino una serie de ellas, su relativamente modesto presupuesto confirma que no se esperaba la repercusión que iba a alcanzar.
Y es que no deja de ser un misterio, si lo pensamos: Bond es un Marty Stu, un personaje que no evoluciona (aunque en su defensa se nos presenta ya como un adulto formado y experimentado; sus increíbles aventuras son meros días en la oficina. La clásica y criticada Mary Sue suele llevar una vida anodina hasta que se embarca en la gran aventura de su vida, y resulta ser perfectamente capaz de afrontarla sin pestañear. Saludos a Rey Skywalker). Pero no sólo eso, sino que además es “el cuñado máximo”: no importa cuán experto sea usted en algo, que él sabe más. Ni lo bien que haga usted algo; él lo hace mejor. Es que no debería haber quien lo aguante.
Y a pesar de todo, consigue ser un personaje que ha atraído a varias generaciones. A pesar de los cambios en la industria, en los gustos del público, y hasta en los siempre complicados cambios de intérprete. Es meritorio.
Comentemos muy por encima que tan dilatado tiempo de servicio no puede evitar reflejar el cambio de la política global: La importancia e influencia británicas en el llamado poder duro se ha disuelto como un azucarillo. En cambio, tal y como simboliza el propio Bond, el poder blando sigue siendo inmenso (quien escribe lo hace reconociendo que su bagaje cultural y gustos están modelados por la industria anglosajona), y enmascara la cruda realidad que sólo tal vez el cambio de era que supone el reinado de Carlos III les permita tomar conciencia. Pero es tema para otra entrada.
Pasemos ya al campo de lo concreto, y hagamos una valoración a esta gigantesca saga. La dividiremos de la forma más evidente: sus distintas encarnaciones.
Aviso de espoilers para el improbable caso de que, si está leyendo este artículo, no haya visto nada nunca.
Connery, el original
Por definición sentó las bases del personaje. Para lo bueno y para lo malo. Rudo, elegante y displicente. Aunque no fuera hasta Goldfinger (1964) tercera película y con el triple de presupuesto que la primera, cuando se fija el gold standard (la expresión inglesa tiene una precisión y sonoridad mucho más adecuadas que su traducción literal patrón oro, o la correcta aquí, patrón o molde) de cómo tiene que ser una de Bond: Villano cruel e inteligente, cuya crueldad a la hora de querer acabar con Bond sabotea toda la inteligencia mostrada en el resto de sus planes. Un intimidante secuaz del villano de aspecto poco común. Un plan megalómano. Escenas de acción que incluyen al menos una con automóviles (se introduce el Aston Martin repleto de artilugios). Acción rodeada de belleza en forma de localizaciones en distintos lugares del mundo. Títulos de Maurice Binder y banda sonora de John Barry. Y, como guinda, tema principal de Shirley Bassey, cuya letra repite machaconamente el título.
Lazenby,el sentimental
Como tiene demasiado asimilado la industria, ser valiente puede ser peligroso. Fue coherente aprovechar el cambio de actor para hacer «lo que no le pasaba al otro colega”, pero no funcionó.
Empezando por el mero estilo (¡camisas con chorreras!), el aspecto se alejaba para mal del modelo original. Luego, la trama principal resulta demasiado sencilla, y la novedosa trama amorosa está tratada con una ligereza impropia para la importancia que se le da. Por no hablar de cómo demonios hicieron para que Diana Rigg no luciese bien.
Así, poco importaba que el propio Lazenby ocultara su inexperiencia o que Telly Savalas estuviera allí para darle carisma a la cosa. Sin ser un horror, es una película fallida.
Moore, el cachondo
La nueva percha para el esmoquin también suponía otros cambios. Por una vez, la encarnaba un actor conocido. Y sabe darle otro tono. Sabiéndose incapaz de igualar la rudeza de Connery, Roger Moore apuesta por ser más caballero inglés, tirando de sentido del humor y de encanto hacia el otro sexo. El giro es bien recibido, los presupuestos son altos y las aventuras crecen en espectacularidad y en incredibilidad. Dice el refranero que algo tiene el agua cuando la bendicen, y Moore mantiene (y seguramente mantendrá por mucho tiempo) el récord de longevidad, con 7 apariciones. Y eso que se estrenó en el papel con la mayor edad hasta el momento.
Dalton, el serio
Como en el mundo de la moda, la nueva tendencia se basa en negar la anterior. Sin renunciar a la espectacularidad, Timothy Dalton se esfuerza en acercarse al personaje literario, mucho más sobrio que el de Moore, y con un tono general más pegado a la realidad. Una interesante Alta tensión (1987) cuya trama afgana ha envejecido de forma incómoda, y una desafortunada Licencia para matar (1989) que, siendo meritoria, tuvo mala taquilla por aspectos extrafílmicos, son un legado injustamente corto.
Brosnan, el equilibrado
Brosnan es el punto medio entre los anteriores. Dicen que en el equilibrio está la virtud, pero también puede estar el aburrimiento. Tanto actor como las películas resultantes suponen ese punto medio (la última, Muere otro día (2002), era bastante floja a varios niveles). Lo más reprochable quizá sea la falta de carisma de sus villanos. Por otra parte, la biología manda, y a esta era le toca afrontar las ausencias de Binder (ésta muy bien cubierta), Barry y Desmond Llewelyn (el personaje de Q).
Craig, el depresivo
Iba para duro, el más duro por pura presencia física (rasgos, cuerpo más bajo y musculado) que se alejaba del canon. Pero de nuevo el afán de reinventar le llevó por otro camino. Es el único caso en el que vemos un ciclo con un arco argumental a lo largo de sus diferentes películas, y con él a un personaje que evoluciona. Y todo esto podía haber salido muy bien, pero de nuevo causas extrafílmicas se interpusieron (huelga de guionistas, quiebra de la distribuidora…) para terminar de arruinar un plan quizá no tan bien trazado. De este modo, de los 5 filmes de Daniel Craig, tenemos uno brillante (CasinoRoyale, 2005), uno bueno (Skyfall, 2012), y tres malos. Mucho, y por distintos motivos.
Quantum of solace (2008) es un sinsentido aburrido, Spectre (2015) es una historia de Austin Powers en tono serio (lo peor de dos mundos) donde además cometen el crimen de desaprovechar a alguien con una vis villana como Christoph Waltz. Y por último, Sin tiempo para morir (2020).
La película que acaba el arco de Craig, también acaba con el personaje. Ciertamente, como hemos comentado antes, hay una evolución. Pero esta evolución ha sido destructiva, acabando con la naturaleza del mismo. Podemos señalar al sospechoso habitual: el wokismo . En un mundo donde se ha acuñado la expresión masculinidad tóxica y la ha convertido en una redundancia, asumiendo que toda masculinidad es inevitablemente tóxica, es lógico que un personaje masculino de éxito deba ser destruido.
Pero incluso aceptando eso, no justifica que se haga mal. De nuevo, nos encontramos con un guion con importantes agujeros, actores desaprovechados, momentos de vergüenza ajena incompatibles con el tono pretendido… visto así, es normal que este Bond sea el más triste, y sobre todo, el único que por una vez se da por vencido.
Balance
Igual que decíamos que el éxito y trascendencia del personaje tenían algo de inexplicable, lo mismo puede decirse de las películas, analizadas de una en una. A pesar de tantos intentos, se cometen fallos de forma frecuente. En este sentido, los mejores actores han sido los que han corrido peor suerte. Dalton y Craig merecían más y mejor, respectivamente. Por parte del autor, el preferido es Roger Moore: bordeando la autoparodia, es quien le da la lectura más correcta al personaje, porque, pensemos: ¿Un agente secreto al que todo el mundo reconoce?¿Un experto en todo? Y por si fuera poco, mantuvo la elegancia en los años 70, toda una proeza. El único reproche que se le puede hacer es que nunca utilizara un Aston Martin en la saga (curiosamente, sí lo hizo en otras partes).
¿Qué ver?
Si después de esta revisión bastante crítica le quedan ganas de ver algo, le invitamos a que así lo haga. Al fin y al cabo, es un emblema de la cultura pop. Esta es la selección de «imprescindibles»:
–Goldfinger (1964). Ya se ha dicho. Es LA referencia. El tiempo la ha tratado regular, resultando algo lenta y algunas secuencias pobres en ejecución.
–La espía que me amó (1977). La más redonda de Moore. El único reproche es que a la agente triple X no la interpretase Hellen Mirren (por pedir…).
–Alta tensión (1987). Tiene una buena primera mitad, y una segunda en la que… bueno, transcurre en el Afganistán de los 80, así que ya se pueden imaginar.
–El mundo nunca es suficiente (1999). La historia más interesante de Brosnan. Sophie Marceau bien aprovechada. Robert Carlyle, por desgracia, no. Por si fuera poco, contamos con la participación (eso sí, como figurante) del excelso y chanante Carlos Areces.
–Casino Royale (2005). Posiblemente la mejor de todas. Muy lograda en todos los aspectos. Y una promesa que luego no se pudo cumplir.
El futuro
Evidentemente, no está escrito. Por un lado, desde el punto de vista empresarial, parece asegurado, de la mano de Amazon Prime. Por el artístico, está por saberse qué rumbo va a tomar, y que actor va tomar el relevo.
Al igual que debatir quien es el mejor Bond es un pasatiempo recurrente, lo es también el hacer quinielas sobre quién va a ser el próximo.
A platon le gustaría ver a Ewan McGregor retomando un tono más satírico. Pero, aunque el físico aguante, no tiene edad para empezar. Eso no va a ser. Otro que resultaría interesante, es Benedict Cumberbatch, pero tres cuartos de lo mismo.
Es tradición que nunca sea uno de los candidatos que más suenen. Dejando aparte el debate de por qué tiene que ser un hombre blanco (anatema), raro es que el nuevo agente del nuevo rey no deje de causar sorpresa y polémica. El que escribe estas líneas tiene la edad y estatura adecuadas, y retomaría la antigua costumbre de necesitar peluca y dobles hasta para andar. Sra. Broccoli, puede dejar un mensaje abajo…
Tras el gran pinchazo de los archivos NFT, ha llegado el de sus primas las criptomonedas.
Cosa sorprendente que unas «monedas» que no se respaldaban por ningún activo u organismo, cuya creación procedía del minado (¿?), que no eran aceptadas como medio de pago en ninguna parte, y con unas volatilidades asombrosas (con contadas excepciones en las dos últimas afirmaciones) hayan terminado valiendo nada.
Pero más allá de las bondades del producto (en jerga debería usarse el término «bien», pero resulta demasiado sarcasmo hasta para este blog) en lo que nos vamos a centrar es en cómo y quienes han favorecido su expansión.
Una de las indiscutibles ventajas de internet es que permite visibilizar la estupidez y las egomanías con una velocidad y facilidad nunca vistas. Y estos dos ingredientes son gasolina para que el incendio de la exuberancia irracional de los mercados se expanda.
De este modo, tras los ganchos profesionales (muchos y de formas muy variadas), surgieron como setas canales multimedia de pardillos que se creían tiburones de Wall Street divulgando la existencia del nuevo Eldorado, sólo al alcance de genios audaces como ellos mismos. Y de usted; si pagaba un módico precio por suscripción al canal o por los interesantísimos cursos para hacerse millonario con unos pocos euros, y la mentalidad emprendedora adecuada.
Y con la mentalidad del ganador entramos en el meollo de este artículo. La mayoría de los ególatras que se filmaban desde una habitación de la casa de sus progenitores propagaban una ideología que no se limitaba a coparticipar en la estafa piramidal, sino que la envolvían de un llamado liberalismo que poco tiene que ver con las definiciones de los manuales, pero que es la más difundida en la actualidad.
Este liberalismo desbocado rechaza de plano la mera existencia del Estado, que es un enemigo a batir. Y los impuestos son un robo. Todos. Cualquier tipo de regulación es represión; y por supuesto cualquier tipo de bien común e intento de redistribución no son más que engaños de los envidiosos para tenernos a todos sometidos y dependientes del Gran Leviatán (perdonen la licencia; estos apóstoles no conocen tal referencia).
Y da igual que a poco que se rasque sean argumentos irracionales o delirantes. Ofrecen un estilo de vida con el que se puede acceder a la riqueza y a la fama sentado cómodamente en tu habitación. Y se trata de dos elementos (riqueza y fama) muy poderosos, deseados y adictivos. Así que la mercancía se vende fácil. Por si fuera poco, contiene un elemento de transformación; lo que ahora de describe como relato: pasar a ser uno de los listos, de los mejores, de los que se merecen todo lo que tienen por su exclusivo esfuerzo (sic) y que por tanto pueden mirar por encima del hombro a esa chusma a la que ayer mismo pertenecían. Rizando el rizo, a estos triunfadores divulgadores del individualismo más exacerbado les gusta llamarse a sí mismos criptobros. Una hermandad individualista. Que son los listos, recuerden.
Todo esto mientras la cosa va bien, claro.
Ahora que la base de la pirámide parece volverse demasiado ancha, que los pioneros han amasado fortunas, y que la inflación provoca la recomposición de las carteras de inversión profesionales, podemos observar como muchas sardinas que se creían tiburones comienzan a boquear.
En twitter, la red del meme y la burla rápida, hay incluso esfuerzos de contención entre los más acérrimos enemigos de la ideología que sustenta esta secta. Porque el material para la ridiculización abunda.
Desde llamamientos a la acción coordinada y a la solidaridad, pasando por la solicitud de una regulación o directamente intervención de los poderes públicos, los apóstoles del individualismo ahora reclaman Estado y fraternidad. Como decíamos en el párrafo anterior, algunos opinadores prefieren no ensañarse con la esperanza de que muchos afectados vuelvan a la tierra y aprendan la lección.
Desde este blog, es ya conocida la tendencia al escepticismo cuando no al pesimismo.
Alguien dijo que lo peor o más difícil del comportamiento humano es hacer ver a otra persona que ha sido engañada. El golpe para el ego es demasiado fuerte. Especialmente cuando se ha caído en una trampa que precisamente lo que más masajeaba era el ego, además del bolsillo. Así que veremos a los profesionales de la cosa haciendo piruetas dialécticas para dar a entender a los fieles que siempre tuvieron razón, y que de nuevo el Estado, los vagos y los envidiosos (sic) son los culpables de su desgracia, sustituyendo las ínfulas por la rabia.
Así que si quieren hacerse ricos rápidamente, ya saben: desháganse de cualquier atisbo de escrúpulo, y trabajen con el dinero de otro.
Para más detalles, acudan a mi curso de pago del que saldrán más sabios, más confiados y más merecedores de todo lo que obtengan.
Actualizado a 22/06/22
No ha podido ser más oportuno nuestro conocido Teodoro García Egea reapareciendo en público para nada más y nada menos que promocionar criptomonedas. Jaojaojaojao. Es que es para ahogarse.
Este zote, gaznápiro, gañán patético, peinaburras, prototipo de todo lo malo que tienen las juventudes de los partidos (y las del PP en particular) como vivero de caraduras, trepas sin escrúpulos y zafios arrogantes, tiene el cuajo de recomendar invertir en estos momentos de purga.
El texto, aunque mal redactado (cosas de la prensa seria), no tiene desperdicio. Porque se refiere a esta tecnología como naciente, cuando ya lleva 13 años entre nosotros. Con los resultados que ya vemos.
Otra cosa es ponerse hablar del potencial de la tecnología blockchain, que el que aquí escribe admite no entender; y por tanto otorga margen para utilidad en el futuro. Pero las monedas, a día de hoy, más bien no.
Para el que tenga memoria o canas: a finales de los años 90 el futuro era internet. Y en 2001 estalló una burbuja financiera colosal a cuenta de las compañías relacionadas con páginas web y servicios de internet. Efectivamente, hoy nuestra vida ordinaria es inimaginable sin conexión. Pero eso no quiere decir que fuera buena idea confiar los ahorros (o endeudarse) para comprar cualquier cosa relacionada con internet en 1998.
Y diciendo algo así podría Teodoro quedar como un señor (es un decir). Pero entre que el que paga manda, y que el orador tiene menos luces que un barco pirata, pues no ha sido así.
En fin, que ahí tienen la viva imagen del éxito individual basado en el esfuerzo, el mérito y la honradez, dando consejos remunerados.
La molicie veraniega hace estragos en las mentes débiles, como la que aquí escribe. Como consecuencia, vamos a tratar esta vez sobre un tema ligero, aunque lamentablemente con largos tentáculos.
Nada menos que la reciente emisión de unos nuevos capítulos de la animación «Masters del universo«.
¿Un tema poco apasionante? Esperen, que además esto es una crítica a las críticas.
(Nota aclaratoria: El autor no es fan ni seguidor de la serie original; ni siquiera se ha molestado en ver un capítulo de la nueva hornada, ni tampoco nunca tuvo o deseó uno de sus muñecos).
Porque como resultado de los tiempos que corren, cualquier nimiedad genera de inmediato furiosas filias y fobias. Y ésta no es una excepción.
Por un lado, estos nuevos episodios corren de la mano de Netflix, donde es sello de la casa la introducción de personajes y temáticas de diversidad con la sutileza de una excavadora. Y esta vez, parece que también.
Con lo que aparecen los típicos fans de toda la vida (¿?) con el discurso de «no he esperado 30 años para que destrocen mis mitos de infancia-juventud».
Por otro lado, tenemos la crítica oficialista que en general ha aplaudido «el valor por introducir estas novedades». Y se han sumado disciplinadamente todos aquellos defensores de lo que se suele llamar lo woke.
Pocas veces podremos ver una polémica más ridícula.
Porque si una característica tiene «Masters del Universo» es ser lo más establishment y políticamente correcto que uno se puede echar a la cara.
Recordemos que la serie nació para promover los muñecos y juguetes (y no al revés, como sucede en muchos otros casos). La entidad de los personajes y la calidad de las historias eran algo ad hoc. No había una historia original que contar. Y para congraciarse con los padres (para que abrireran sus carteras con menos remordimientos), al acabar los más o menos moralistas episodios, se rompía la cuarta pared para dar explícitamente un consejo o moraleja a los espectadores.
(Gracias a Youtube, pueden encontrarse algunos de estos consejos: desde «no hay que juzgar a la gente por su aspecto» a «no se puede viajar atrás en el tiempo», pasando por «hay algo que se llama lectura»).
¿Entienden ahora el ridículo de los detractores? Están quejándose de que mantenga su esencia como producto moralizante. De acuerdo a los cánones de cada época, claro. Pero esa es una materia de crítica de una naturaleza diferente.
Aquí algunos claman como si se tratara de «South Park» o los primeros «Simpson». Y no. De ninguna de las maneras.
Pasemos ahora a los defensores, que también tienen lo suyo. Aquí se juntan los que bendicen todos los cambios (includo quién es el protagonista) porque sí. O mejor dicho, porque era un hombre blanco (aunque cuando se volvía poderoso su tez oscureciese). Agradecen la presencia de mujeres fuertes (ya las había), aplauden la existencia de romances homosexuales (en una serie infantil de aventuras, lo que uno más desea ver son relaciones de tipo romántico; es evidente).
Como ejemplo estelar, lean lo siguiente: «Una Teela, además, de proporciones más realistas que la de los ochenta, lesbiana, con la melena afeitada y que no va vestida como una stripper«. Esto escribe un tal John Tones en un medio digital. Es decir, que habrá cobrado por ello. Analicemos:
–Proporciones realistas: Es una serie de fantasía donde precisamente el propio He-Man es uno de los primeros memes que ironizaba sobre los referentes femeninos. Añádase que proporciones realistas quiere decir culturista.
–Lesbiana, con la melena afeitada: ¿Está insinuando que según tu orientación sexual debes necesariamente tener un determinado estilo? No lo insinua, lo afirma. Qué ejemplo de tolerancia, apertura de mente y lucha contra los estereotipos.
–No va vestida como una stripper: Ropa de atleta cubierta con una armadura. Allá cada cual con sus fetiches y perversiones. Basta con comparar su indumentaria con la de un He-Man que parece el cliente tipo de la ostra azul para ver la influencia del patriarcado opresor en el diseño del vestuario.
Es decir, que una crítica objetiva y profesional se resume en exponer los prejuicios propios sin importar lo más mínimo la realidad.
Luego vienen los lloros de que cualquiera se siente con autoridad para pontificar sobre cualquier cosa; y tal y cual.
Conclusión
Esta tormenta de verano no es más que una muestra muy certera, paradigmática, del nivel de cretinismo y estupidez que llena las redes y los circulos de opinión. Impera el «conmigo o contra mí», y los hechos se interpretan de acuerdo a quién los produce, no a los mismos.
La realidad ha sido siempre objeto de discusión, porque el elemento subjetivo es dificil o imposible de aislar. Pero lo que vemos es que la realidad no importa lo más mínimo. Y se pretende que no nos importe a nadie.
Y como colofón, no queda claro qué es más inquietante: si este tipo de desvaríos se hacen por dinero, convicción, o por combatir la soledad.
Estas palabras que utilizó Azaña en su intento por acabar la guerra civil que padecemos ¿desde 1812?, más o menos vuelven a sonar al respecto de los indultos de los llamados presos del procés.
El argumentario a favor viene a contar que con este gesto de magnanimidad, volverá la concordia y la «normalidad» política democrática, por la vía de soluciones negociadas a los conflictos.
Todo eso está muy bien, pero ¿Es aplicable al contexto actual?
Normalidad asimétrica
Mientras el gobierno central dice esto, los partidos independentistas siguen a la carrera por ver quién es más nacionalista, más beligerante, más despiadado con los traidores (botiflers) y quién tiene la lista de agravios más larga.
Lecciones de la historia
Sanjurjo fue golpista, posteriormente condenado, amnistiado, y de nuevo golpista.
Companys traicionó la II República, fue condenado, amnistiado y de nuevo traicionó la II República.
Armada fue golpista, condenado, indultado y se quedó en casa. La excepción.
Cuando en los años de Aznar se promulgó la Ley de Partidos, que contemplaba la ilegalización de éstos en caso de tener vínculos con actividades terroristas y criminales (habría que leerla con lupa para ver si da pie para utilizarla contra el propio PP, puesto que su modelo organizativo cuadra muy bien con el de «asociación de malhechores») se nos hablaba de las terribles consecuencias que tendría para la convivencia, y «el conflicto». Lo mismo cuando se perseguía judicialmente el entorno (medios de comunicación, actividades lúdicas…). Lo mismo que cuando Otegi fue encarcelado.
A día de hoy ETA no está operativa y la tensión politica es menor. Aunque el veneno nacionalista siga muy vivo.
Hechos y relatos
El independentismo catalán perdió el golpe de 2017 (sí, fue un golpe: no hay mejor definición para el intento de derogar el reglamento parlamentario, el Estatuto y la Constitución de un plumazo y prescindiendo totalmente de los procedimientos) pero inexplicablemente, no el relato. Son los buenos.
Su ideología es respetable y no debe combatirse.
Hay que negociar y ceder con ellos, a cambio de que ellos no renuncien a nada.
Hay que probar a hacer algo distinto (¿?).
Oigan, que llevamos cuarenta años haciendo lo mismo: apaciguamiento a todos los nacionalismos centrífugos mediante dotación de recursos materiales para que extiendan su discurso e influencia, ignorar las voces de alerta o disidentes, empatía con obscenidades ideológicas…
Quizá sí sea hora de probar algo distinto, y decir: «Miren, si delinquen serán condenados. Si los recursos que disponen los utilizan para hacer estructuras de Estado, en lugar de solucionar los problemas de la gente, los perderán. Tapar con banderas la corrupción y la incompetencia es inmoral. Y su ideología es despreciable.»
Tras el éxito del artículo sobre «Lupin III: the first», una nueva apuesta por el entretenimiento.
Presentación
One Punch-Man es el título de un webcómic de acción y comedia, creado por el artista japonés One, iniciado en 2009. Es una gran ejemplo de victoria del fondo sobre la forma, porque el dibujo de One es sencillamente infame. Ya se ha comentado en otras entradas de «la pantalla» la importancia y el escaso reconocimiento que tienen el guión (y los guionistas). Pero claro, ahí está el imperio Disney y las listas de recaudación para demostrarnos otra cosa.
Como a pesar de lo dicho tuvo un gran éxito, en 2012 apareció una reedición; ya de la mano de una editorial, y con un dibujante profesional.
Y finalmente, en 2015, una serie animada: que es el objeto de esta entrada.
Nudo
¿Y quién es One Punch-Man? Es la definición (que no sobrenombre) de Saitama: un joven calvo y desempleado que vive con modestia y cierta apatía ante la vida, pero que tiene una característica que lo hace ligeramente peculiar.
Es el hombre más poderoso del mundo.
Saitama vive en un mundo con abundancia de monstruos gigantes, de villanos con supertecnología, y donde ser superhéroe es una carrera profesional reconocida; con una estructura de puntos y categorías propia de un videojuego. Es necesario un orden. Y es que, además de salvar el mundo, son ídolos de masas.
Si unen los tres últimos párrafos, comenzarán a apreciar algo de incongruencia: Si Saitama es el más poderoso, y los heroes forman un star system ¿Cómo es que vive modestamente? Aquí está el aporte y el gancho de esta historia.
Porque Saitama no es un héroe tópico americano: valores elevados, discursos sobre el bien contra el mal… Tampoco lo es en el sentido japonés: no vive pendiente de un trauma pasado ni le devora la ambición de ser el mejor. Pero no es un antihéroe. Tampoco es ni un genio ni un estúpido, como suelen ser muchos protagonistas. Se trata de un buen tipo normal.
Su carácter sencillo contrasta no sólo con sus habilidades (cualquiera se podría haber corrompido cayendo en la vanidad o el interés propio), sino con el mundo que le rodea, que se toma en serio a sí mismo de una forma hiperbólica. Lo cual, es ridículo y se subraya de forma casi continua. Así, nos podemos encontrar cómo uno de los personajes más genuinamente heróicos se llama ciclista sin licencia. O cómo Genos, que cumple con todos los requisitos para ser el protagonista de una historia al uso, es aquí el alivio dramático.
De este modo, y tirando de pedantería, One Punch-Man juega a ser El Quijote de las historias de superhéroes: Una parodia desde dentro. Coge cada uno de los clichés del género (incluyendo algunos personajes que se parecen sospechosamente a otros bien conocidos), los exagera, los retuerce y los fulmina de un golpe.
Pasemos al aspecto formal. A día de hoy, existen dos temporadas, y unos especiales entre una y otra. La primera temporada y los especiales los produjeron el estudio Madhouse, responsable de la célebre «Death note» (Recomendable si no la han visto. La serie animada, ojo. De las películas de acción real huyan sin mirar atrás). La producción es de un lujo barroco. La segunda corrió a cargo de J.C.Staff. Esto originó una gran polémica por la caída en la calidad. El problema es el listón dejado por sus antecesores, no el resultado en sí. Esto unido a la desaparición del efecto sorpresa ha creado cierta decepción entre numerosos seguidores.
Desenlace
A quien le gusten las historias de héroes de trajes chillones y el monstruo de la semana, le gustará. A quien no le gusten, por lo manido de sus temas y clichés, seguramente también.
Para el que escribe, es una bocanada de aire fresco después de la eclosión del cine de superhéroes de la última década. El cambio de productora se nota, pero no es el drama que algunos pregonan. Deberían hacer más caso de Saitama, y no tomarse las cosas tan en serio.
Quizá en el fondo no sea un entretenimiento tan banal…
Un superhéroe diferente… hasta en la textura. (Imagen de amimatree.wordpress.com)